Por Raúl Menchaca

Emprendedores cubanos miran hoy con desdén las medidas anunciadas el viernes por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, para revertir el proceso de normalización de relaciones diplomáticas con la isla, iniciado por Barack Obama en diciembre de 2014.

Las nuevas medidas anunciadas por Trump impactan sobre el turismo y el comercio con la isla, dos sectores en los que florecen los negocios privados como parte de las reformas que impulsa el gobierno del presidente cubano, Raúl Castro.

El discurso del mandatario estadounidense, transmitido en vivo por la televisión de la isla, lejos de atemorizar, despertó un sentimiento de rechazo entre los cuentapropistas, como llaman en la isla a quienes trabajan fuera del aparato estatal.

"Yo no tengo temor. Si nosotros hemos atravesado 59 años de crisis, qué puede ser que no sea si esto se inició hace poco. Y nosotros hemos sobrevivido 59 años y hemos sobrevivido sin ellos", dijo a Xinhua Guillermo Ochoa, un mulato dueño de una tienda de artesanías.

Ochoa, quien mantiene el negocio junto a sus 10 hermanos, tiene la tienda en la Plaza de San Francisco de Asís, una centenaria plaza ubicada en el corazón de la zona más antigua de La Habana, la preferida por los turistas.

"Aunque ese turismo no venga, seguiremos viviendo", afirmó mientras organiza las mercancías que venden su hija y un nieto.

El sentimiento es similar en José Antonio Pérez, el dueño de La Moneda Cubana, un pequeño restaurante familiar de 12 sillas, que fue el primero abierto en la zona histórica de la capital cubana.

"Creo que la afectación, (según) mi criterio, no va a ser muy grande", afirmó con seguridad al señalar que la economía cubana no está ligada a la de Estados Unidos.

Todos saben que las decisiones de la Casa Blanca pueden tener una repercusión negativa, pero nadie ha perdido el sueño, como indicó Guillermo Brito, dueño de un hermoso automóvil Ford Fairlane 500 de 1957, en el que transporta a turistas por toda La Habana.

"Puede haber repercusiones graves para nosotros que trabajamos en esto, así que vamos a ver qué pasa, pero hay que seguir para adelante a ver qué es lo que pasa y qué hacemos", subrayó desde el timón de su lujoso automóvil.

Las calles de la antigua Habana siguen llenas de turistas que buscan disfrutar del tesoro histórico que guarda una ciudad tranquila y segura, algo que se pierden quienes decidieron las nuevas regulaciones.

"No, no le temo ni a Trump, ni a lo que diga Trump. Nosotros los cubanos salimos adelante como quiera, con Trump o sin Trump", dice con todo el gracejo criollo Richard González, el dueño de un coche de caballos con el que pasea a los visitantes.

González, quien forma parte de una cooperativa de cocheros, no esconde su deseo de que la isla sea un atractivo para todos, no obstante mencionó que "si Trump no quiere, que se quede con sus Estados Unidos".

Aunque Washington prohíbe a sus ciudadanos el turismo en la isla, la llegada de estadounidenses a Cuba se disparó con la creación por parte de la administración Obama de 12 categorías de viaje, que incluían desde visitas familiares a proyectos humanitarios y actividades culturales.

Entre esos visitantes está David, un estadounidense de Virginia que prefiere no dar su apellido, pero que no oculta su simpatía por la isla, donde ha estado dos veces en un par de años, y que ahora está descontento con la decisión de la Casa Blanca.

"Es un lugar maravilloso para estar. La gente es muy amistosa", aseguró al tiempo que dijo en español con un marcado acento estadounidense "Amo a esta isla".

La administración Trump exige ahora un mayor control administrativo de cada viaje y prohíbe una de las modalidades más extendidas, la "persona a persona", que permite desplazarse a Cuba fuera de grupos organizados por motivos educacionales.

En los cinco primeros meses del año viajaron a la isla caribeña unos 285.000 estadounidenses, tantos como en todo 2016.